Supermamá y superpapá, una garantía de apego seguro

Me gustaría que imaginarais una de esas ciudades de ficción donde existen superhéroes y superheroínas que se encargan de resolver las grandes desgracias que ocurren en ellas. Situaciones como que se rompa un puente justo cuando tiene que pasar un tren sobre él y ahí aparecen ellos y ellas para salvar a la población. O aparecen justo cuando están atracando un banco para detener a los malos y las malas o bajan un gatito de un árbol mientras pasean o hacen deporte por el parque más importante de la ciudad dejándolo en manos de un niño o niña adorable. ¿Sabéis de qué hablo? En esas ciudades, en principio, sus habitantes duermen tranquilos porque saben que nada malo puede pasarles y si les pasara, entonces aparecerían los superhéroes y las superheroínas para rescatarlos, vencer a las y los malos y restablecer otra vez la calma.

Así es cómo deben sentirse los niños y las niñas para que sus desarrollos sean saludables, para que lleguen a lo más alto. Deben sentir que sus necesidades básicas de seguridad están cubiertas como en esas ciudades donde viven esos superhombres y supermujeres. Deberían sentir que mamá y papá con su sabiduría y sus superpoderes podrán encontrar todas las respuestas a las preguntas más difíciles que puedan formularse y defenderles de los peligros y protegerles antes los malos y los malos.

No solo debe cubrirse su necesidad de seguridad, claro, también todas las necesidades básicas ligadas a la supervivencia: el alimento, el abrigo, la higiene, el afecto… No olvidéis que el afecto es una de las necesidades más básicas, sin el contacto piel con piel se desarrollan muchas carencias, hasta el punto de que la carencia de contacto puede aumentar la mortalidad infantil en niños y niñas prematuros. No es ninguna tontería ni ninguna exageración lo que digo. Con el método canguro se salvan muchas vidas de bebés recién nacidos cada año. Pero no es este el tema que me ocupa hoy.

Si estas necesidades están cubiertas, entonces el niño o la niña ya puede dedicarse a lo realmente importante, a jugar. O lo que es lo mismo, a experimentar, explorar, probar, investigar, descubrir, imitar… Esto es lo que permitirá que se desarrolle todo su potencial en las mejores condiciones.

Un niño que no tiene cubiertas sus necesidades básicas y tiene hambre, por ejemplo, es un niño que depende de esta necesidad, que no es libre para jugar, para aprender… porque esta necesidad va a limitar su capacidad de exploración.  No obstante, niños y niñas con hambre juegan, en condiciones de guerra entre los bombardeos y las ruinas, también juegan. El juego es una necesidad poderosa en la infancia, tanto como para hacerlo en las condiciones más lamentables, incluso tras sufrir abusos o malos tratos, lo que demuestra que es una necesidad vital en estas edades. Y demuestra también lo equivocadas que estamos cuando restamos horas de juego en la infancia para sustituirlo por pesadas tareas académicas, que no siempre aportan tanto como podríamos suponer.

Para que un niño y una niña desarrolle apego seguro, necesita sentir que las necesidades básicas están cubiertas, que de eso se encargan sus personas de referencia, no sólo para poder jugar como decíamos, sino para tener claro que él o ella son valiosos, valiosas y por eso hay alguien que se encarga de cuidarlos. Porque la calidad de esos cuidados es una medida directa que tienen para determinar cuán valiosos y valiosas son. “Cuánto más me amas, cuánto más me cuidas, más importante me siento”. “Cuánto menos me cuidas y menos me muestras tu amor, menos siento yo que valgo, más chiquitito o chiquitita me vuelvo”. Se van cortando mis alas, no solo las de la exploración como decíamos antes, también las de la autoestima y el autoconcepto. Porque las y los más pequeños se miden en base a la mirada de las personas adultas que los miran o pasan a su lado sin prestarles atención, a las manos que los acarician o los ignoran, a las palabras y los gestos de admiración o los insultos y el desdén que reciben.

Si quieres que tu hijo o tu hija sean felices además de estar sanos y sanas, entonces compórtate como una supermamá o un superpapá que se encargan de cuidarlos, de mimarlos, de resolver los grandes enigmas y de dar solución a los grandes problemas. Al menos al principio, al menos mientras aún son capaces de verte como la mayor superheroína del mundo si eres madre o superhéroe si eres padre. Igualmente, hazlo durante el tiempo que comparten su espacio contigo si eres educador, educadora, docente, acompañante… Haz que se sientan seguros, amadas, respetados… porque esto es el mayor regalo que les puedes dejar para el futuro.

Hazlo mientras aún son niños, hasta los siete, ocho, nueve años en que poco a poco van perdiendo la inocencia, van perdiendo el egocentrismo que les obliga a estar centrados en sí mismos y en sí mismas sin remedio. Porque a partir de entonces, no solo empiezan a ver que hay vida más allá de ellos y ellas, sino que se dan cuenta de que no somos tan perfectos, de que hay otras personas que son más hábiles, más inteligentes, más capaces. No porque empiecen a valorarnos menos sino porque entonces, su mirada será más realista.

Cuando dejen de creer en la magia, deben estar seguros de que a pesar de todo están cubiertas sus necesidades, porque siempre lo estuvieron. Y entonces, será el momento de entender que “mamá y papá aunque no son ningún superheroe o superheroína va a hacer todo lo que esté en sus manos para ayudarme”.  Antes de los siete u ocho años mejor que piensen que lo somos, no te empeñes en tratar de explicarles las carencias que tienes porque no necesitan saberlo, es más, les perjudica, les genera inseguridad y no tienen capacidad para ser mucho autónomos de lo que son. Es el momento de la magia y las grandes aventuras, no restes tiempos porque esta etapa ya no vuelve.

No te olvides de ser una supermamá y un superpapá, una supereducadora y un supereducador, en los primeros años de la vida de niños y niñas, porque eso hará vuestras vidas más fáciles, ellos y ellas serán más felices, se querrán más, se sentirán más valiosos y valiosas… Y es que se lo merecen, porque la infancia solo se vive una vez y debe ser estupenda.

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