Equivocarse no es portarse mal

Esta entrada surge a raíz de una conversación con una niña de cuatro años, hace pocos meses. La comparto con la idea de transmitiros algo que me preocupa y que es habitual en la educación de niños y niñas.
– ¿Sabes qué? El otro día pensé con el cerebro y mi profe me dijo: ¡muy bien!
– Y, ¿qué pensaste?
– Ella nos preguntó si era grande o pequeño y yo dije grande.
– Después de un rato…
– Es que hay niños que piensan con los pies, (risas).
– Y, ¿cómo se sabe si se ha pensando con el cerebro o con los pies?
– Los que piensan con los pies se equivocan.
– Y tú, ¿piensas a veces con los pies?
– No, yo no me porto mal.
Como veis, esta niña ha interpretado a través de sus relaciones en la escuela, que equivocarse es sinónimo de portarse mal. Y esto es muy muy peligroso.

Equivocarse es necesario para avanzar

Esta idea es fundamental para mí, se aprende del error. Cuando hacemos algo que no sabíamos hacer de manera correcta, a la primera, sin equivocarnos y por casualidad, podemos sentirnos muy orgullosos u orgullosas por esta hazaña pero no tenemos la certeza de que la próxima vez que nos enfrentemos de nuevo a esa situación vayamos a saber solucionarlo, ha sido puro azar. Pero cuando aprendemos algo y nos equivocamos teniendo que buscar soluciones a los problemas surgidos para encontrar la meta final, entonces hay más aprendizaje.  La próxima vez que nos enfrentemos a algo similar, ya hay muchos errores que no cometeremos, estaremos más preparados para el éxito en el futuro que en la primera opción.
El error nos permite avanzar logrando aprendizajes más eficaces para resolver problemas en el futuro, es necesario y forma parte de la historia del hombre. Imaginaos a un hombre o una mujer haciendo fuego, si ha probado con diferentes materiales, comprobando que algunos no eran eficaces, ha probado diferentes técnicas, algunas que funcionaron y otras no. Cuando finalmente consigue hacer fuego, tiene mucha información sobre lo que es más útil para hacerlo, conoce algunas cosas que no funcionan. Hay otro hombre u otra mujer prehistórica que se pone a hacer fuego y ¡chas!, lo hace a la primera. No sabe muy bien por qué pero sale una chispa y aquello se enciende.
¿Esta segunda opción garantiza que la próxima vez vaya a hacer fuego a la primera? Existen posibilidades, pero no hay nada seguro. Si nos encontráramos en algún lugar diferente al inicial y necesitamos que alguien haga fuego, la primera persona, tendrá más experiencia a la hora de elegir unos materiales y desechar otros para lograr su objetivo y podrá probar diversas técnicas que ya ha puesto en marcha antes.  Si ambos tuvieran que explicar a otra persona como hacer fuego, la primera, pienso que tendría más argumentos para mostrar cómo hacer fuego.
Me atrevo a afirmar sin equivocarme que ninguna idea genial ha surgido así de pronto a la primera, los grandes inventores tardaban muchos años en desarrollar sus inventos, probaban de una manera y de otra, se equivocaban una y otra vez, hasta dar con aquello que querían. Es importante que comprendamos que hay que equivocarse, que no pasa nada, que es la manera más normal de aprender cualquier cosa. Reconocer el fracaso y saber oponerte a él, puede ser la manera de llegar al éxito porque te da la oportunidad de hacerte fuerte y poder luchar ante las adversidades. También puede hundirte para siempre, creo que es más fácil que esto ocurra si no te permites nunca equivocarte, si consideras que es algo que está mal, que hay que evitar.
Si nuestros niños y niñas, crecen pensando que no pueden equivocarse, entonces no se arriesgarán, probarán una vez y si aquello no sale a la primera, se frustrarán y dejarán de probar, se sentirán mal, no se darán una segunda oportunidad. Si les mostramos que pueden equivocarse y que hay que seguir probando para llegar a la solución de un problema, partir del error para avanzar y lograr sus metas, no solo se sentirán mejor que en el primer caso si se equivocan, también será más fácil que logren sus objetivos.

Portarse bien o mal no tiene nada que ver con equivocarse

Si encima le sumamos la idea que transmitía esta niña de que si se equivocan se están portando mal, entonces la situación se complica aún más. Por lo general, los niños y las niñas, tratan de agradar a sus adultos, es verdad que hay veces en que lo hacen con estrategias poco adecuadas, pero están aprendiendo, en eso consiste la infancia. Si se asocia un error en una tarea con una mala conducta que puede ser reprochada por las personas adultas que están con ellos y nos encontramos ante un niño o una niña muy preocupada por agradar a estas personas, es muy probable que no se arriesgue para no perjudicar esa relación.
Si evitan el riesgo en las tareas para seguir teniendo la aprobación, esta conducta estará limitando muy notablemente sus posibilidades de aprendizaje, porque no se va a permitir equivocarse y seguramente, el aprendizaje va a ser menor que en un niño o niña que investiga, experimenta, se equivoca, vuelve a probar…
De esta manera, solo las y los más valientes o más transgresores con las normas, aquellos que o bien no valoran tanto la aprobación de las personas adultas o bien no han entendido las normas explícitas o implícitas de la situación, se atreverán a probar ante el riesgo de equivocarse. Son estos niños los que suelen tener conductas más disruptivas en el grupo, los que normalmente «se portan mal», aunque no paro de pensar sin en determinadas situaciones que viven niños y niñas, muchas personas adultas no responderían igual o peor aún. Este puede ser uno de los motivos por los que niños y niñas como la que os mostraba al principio, confirman su teoría de que equivocarse es portarse mal porque asocian ambas conductas y se volverán menos participativos ante la duda, más exigentes consigo mismos, solo actuarán cuando estén muy seguros. Con ello, no se estarán expresando con libertad, no estarán desarrollando todo su potencial.
No podemos permitir que esto sea así, no en el entorno educativo. En el ámbito familiar, es más difícil controlar esto, las familias tienen una capacidad limitada, muchas veces, relacionada con sus experiencias y su formación. Pero a las y los profesionales que trabajan con nuestros hijos e hijas debemos pedirles más. Deben hacer bien su trabajo, deben fomentar el desarrollo integral, esto último está escrito en todas las programaciones de aula, está en la normativa de mínimos para impartir una enseñanza y por tanto hay que hacerlo. Hay muchos motivos para ello, conste que no creo que estos últimos sean los más importantes pero todos suman.
Cuando nace un bebé y todo el mundo pregunta si este es bueno o malo estando la respuesta relacionada con si llora, duerme poco o intermitentemente, come menos de lo que su familia considera adecuado, etc., lo que estamos transmitiendo es que se porta mal si pide que se resuelvan sus necesidades, que pueden encajar más o menos con nuestros deseos, pero no es algo que los bebés puedan controlar, demandan aquello que necesitan, nada más y no tienen capacidad cognitiva para comprender nuestras limitaciones para dárselo. El pensamiento mágico y egocéntrico les hace pensar que cuando no reciben la atención adecuada es por su culpa, son el centro de todo lo que ocurre, lo que es positivo y lo que es negativo. No van a culpar a la persona adulta que les reprocha su conducta, normalmente los niños y las niñas más pequeñas no hacen esto. Esta forma de pensar puede llegar hasta los ocho años, recordad que estos datos son siempre relativos, en algunas será a los siete y en algunos a los nueve.
Dándole vueltas a esto de equivocarse y portarse mal, he llegado a la conclusión de que ocurre lo contrario de lo que trata de expresar esta frase. La mayoría de niños y niñas que se «portan mal», lo hacen porque se equivocan, confunden estrategias y habilidades, hacen aquello que piensan que hay que hacer pero aún no controlan las normas sociales que rigen la conducta en cada situación, aunque les juzguemos todo el tiempo como si lo hicieran. Damos por supuesto que un niño o una niña que se porta mal, lo hace a propósito, para fastidiarnos, para retarnos, para desafiarnos… ¿Os habéis parado a pensar que las y los niños más pequeños no tienen capacidad para entender el significado de todos estos términos? Recordad que no tienen teoría de la mente, no son capaces de entender que haya otras mentes que puedan pensar diferente a ellos y ellas, lo que viven es la verdad absoluta porque no son capaces de percibir que pueda haber otras hasta que tienen alrededor de cuatro años. A partir de ahí, las cosas van cambiando pero su capacidad cognitiva para pensar en abstracto, más allá de lo tangible, es muy limitada.
De esta manera, creo que deberíamos revisar nuestra definición de «portarse mal» y controlar muy bien el nivel que exigencia que imponemos a niños y niñas que quieren agradarnos y piensan que no pueden equivocarse para no decepcionarnos porque solo de esta manera les permitiremos desarrollarse de manera óptima y lo harán en condiciones de libertad para ser ellos y ellas mismas.
¿Qué opinas al respecto? ¿Te habías planteado que hay niños y niñas que asocian equivocarse con portarse mal? Me encantará leerte en los comentarios. Si te gustó esta entrada, no te olvides de compartirlo con aquellas personas a las que pueda interesarles.
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2 comentarios en “Equivocarse no es portarse mal

  1. Claro, esto es un proceso donde todos y todas tenemos que aportar. Niños y niñas nos dan lecciones cada día sobre cosas que tenemos olvidadas o que nunca comprendimos en nuestras propias infancias. Gracias por compartir tu experiencia Lucía. Un abrazo.

  2. Nosotros en casa intentamos enseñar a los peques que equivocarse es una maravillosa oportunidad para aprender.
    Yo me «he corregido» en algunos aspectos como dar valor de bueno o malo a equivocarse. Un día mi hijo mayor llegó del cole y me dijo disgustado que su profesora le había dicho que equivocarse no estaba bien porque él le decía e insistía a una compañera de su clase que equivocarse era bueno y la niña le decía que no, que equivocarse estaba fatal. El pobre llegó muy confundido. Y me hizo reflexionar y pensar en cómo le digo las cosas. Esto hizo que me planteara cómo enfocamos las equivocaciones (empezando por las nuestras) y cómo las asociamos a los comportamientos.

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